Mar del Plata como nunca la viste


Volver a “La Feliz” tiene para mí sabor a infancia, a adolescencia y a juventud. A esos tiempos en los que el tiempo era eterno. Tiempos de vacaciones de diciembre a marzo, una utopía hoy en día.

Por Valeria SchapiraFecha de publicación: 15 de Agosto 2021, 06:24hs

La Rambla, los lobos marinos y el complejo Casino/Hotel Provincial, la postal típica de Mar del Plata (Imagen Valeria Schapira).
La Rambla, los lobos marinos y el complejo Casino/Hotel Provincial, la postal típica de Mar del Plata (Imagen Valeria Schapira).

Mar del Plata es de esas ciudades difíciles de etiquetar, que tiene algo para complacer a cada quien. Es la aristocracia de los edificios de su Belle Epoque en un coctel con lo popular. Mar del Plata es un apasionante recorte sociológico y político de la Argentina: desde sus épocas de balneario top hasta el auge de los hoteles de trabajadores sindicales. Y el mix que se fue gestando con las décadas y que hace de ella un lugar poco equiparable a otro.

No podría ser objetiva con la ciudad en la que pasé mis veranos, desde bebé. Mi corazón tiene retazos porteños, rosarinos y marplatenses. Y parte de ese corazón se hizo añicos cuando vendí el rincón de mi viejo en el mundo después de su muerte: su dos ambientes en Playa Varese, en General Paz y la costa.

Hablo de Varese cuando éramos tres o cuatro los que bajábamos de los departamentos con nuestras reposeras. ¡Cómo disfruté tantos veranos en los que, con amigas nos colábamos en la pileta del hoy cerrado Torres de Manantiales y choluleábamos a los famosos que hacían “A la playa con Gasalla”.

Mar del Plata es mi viejo yendo todos los días un ratito al casino y retirándose, “a tiempo” como él decía, cuando ganaba unas fichas.

Mar del Plata, cautivante en verano e invierno por igual (Imagen Valeria Schapira).

Mar del Plata es el flaco del que me enamoré en la adolescencia y me llevó en moto a tomar algo a un bar en los acantilados (a escondidas de mi mamá que nos tenía prohibido subir a motos).

Mar del Plata es mis primeros laburos: como camarera de un bar en la calle Alem que se llamaba IXIS y como extra de la última película de Alberto Olmedo.

Mar del Plata son las noches de juerga en Constitución cuando todavía se podía caminar por las calles sin miedo.

Mar del Plata es el ciclo “Traiga su manta y escuche” en Villa Victoria, los conciertos de Soda Stereo en el Súper Domo, mi vieja revoleando una campera con el “Tirá para Arriba”, de Mateos en Fuerte Apache. Mar del Plata son las medialunas de la Boston, las cenas en el Stella Maris, las camperas de Juan B Justo… Mar Del Plata es las guardias eternas en los teatros para conseguir los autógrafos de los galanes: Carlos Calvo, Pablo Alarcón, Raúl Taibo…

De ayer a hoy

Pasaron varios años hasta que regresé a “la Feliz”, un nombre liviano para una ciudad con tanta carga emocional. Durante varias temporadas, Villa Victoria fue escenario de presentaciones de mis libros. Después vinieron los viajes por el mundo, la pandemia y la vida misma… y no volví más. Este verano, pandemia mediante, decidí hacer un revival. Viajé en el tren y grata fue la sorpresa. El servicio es espectacular, económico y confiable. Tarda algo más de cinco horas, pero salvo la velocidad, nada que envidiar a los del primer mundo.

Villa Victoria Ocampo, un lugar mágico (Imagen Valeria Schapira).

Mar del Plata es una ciudad que, en cualquier temporada requiere varios días de estadía para recorrerla a fondo. Sabido es que cada cual viaja de acuerdo a sus posibilidades así que te cuento algunos básicos para una visita exprés: Hay playas para para todos los gustos, desde las céntricas como la Bristol o Playa Grande hasta las de La Perla o las más top, pasando el faro. Hay hasta una playa canina. La playa, aunque sea para unos mates, siempre es plan.

El bosque Peralta Ramos es un lugar mágico para tomar el té en un entorno especial. Demasiado urbanizado para mi gusto vintage, pero dicen que no hay que resistirse al progreso.

La Mar del Plata aristocrática

Mar del Plata es la San Sebastián argentina: posee una arquitectura e historia dignas de ser valoradas. La rambla Bristol data de 1912, es de estilo academicista francés y en sus orígenes era el paseo de las clases aristocráticas de Buenos Aires. Hoy es una peculiar fusión de remembranzas de esos tiempos y el tren de la alegría.

Vale la pena darse una vueltita por el viejo hotel Provincial, hoy refaccionado y en manos de una cadena. Sus salones merecen un recorrido, son majestuosos y nos remiten a las épocas en que las clases adineradas jugaban a la pequeña Europa al lado del mar. Las habitaciones con vista al mar son un deleite. La última película de Olmedo –de la que ya conté fui extra, se filmó en ese hotel (la encontrás en YouTube).

A Mar del Plata, hay que animarse a patearla y salir de los circuitos tradicionales.

Se impone una vuelta por la villa Ortiz Basualdo donde funciona el Museo Municipal, las casas del barrio Los Troncos, Villa Mitre, etc. Otra delicia es la residencia veraniega de Victoria Ocampo, centro de reunión de amigos como Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Gabriela Mistral, etc. La casa fue trasladada en barco desde Inglaterra y armada totalmente sobre una estructura de hierro. Victoria la donó a la Unesco en 1973 y posteriormente fue adquirida por el municipio.

El puerto y sus lobos marinos (Imagen Valeria Schapira).

Dicen los trabajadores de Villa Victoria que solo vuelven aquellos que le caen bien a la escritora. Tengo ese privilegio, al parecer: presenté allí varios de mis libros y en uno de ellos apareció alguien “diferente” en una de mis fotos. Quizás era Victoria, quién sabe.

Con lluvia o sol, pasear siempre

Salir a caminar, a comer, a tomar un helado por Güemes, Alem u Olavarría es plan obligado. Hay casas de comida para todos los gustos y la gente sale a dar la vuelta del perro, sobre todo si está nublado. Hay cositas para comprar por todos lados. No soy fan de los shoppings pero me gusta mostrarlos cuando tienen un plus, como el caso del Paseo Aldrey que es una mezcla de centro cultural y patio comercial en donde funcionaba la vieja terminal de ómnibus.

A Mar del Plata, hay que animarse a patearla y salir de los circuitos tradicionales. Por supuesto, nadie escapa a los churros de Manolo y a la foto con el lobo, pero si uno se adentra en sus callecitas, se sorprenderá con pequeños cafecitos, tiendas barriales y propuestas distintas a las clásicas. Acostumbrada a ir de Varese hacia Punta Mogotes, La Perla fue una hermosa sorpresa, llena de barcitos y recovecos encantadores. Para ese lado está el Museo del Mar y la fábrica original de Havanna, hoy convertida en cafetería.

No puede decir que ha estado en Mar del Plata quien no se ha tomado un café con los fantasmas del Torreón del Monje. Combina espacio gastronómico, playa propia, escollera etc. Desde sus terrazas se ha transmitido cantidad de programas de televisión y, en la época de oro de la farándula vernácula, transitaban por allí todos los famosos.

Imprescindible la navegación par ver a Mar del Plata desde otro costado (Imagen Valeria Schapira).

El paseo en barco es imprescindible para ver la ciudad desde otro ángulo. Y también visitar los lobos marinos a la escollera sur. El complejo del puerto ha sobrevivido a la pandemia y es buen plan para quien gusta del pescado. Para gluten free y vegetariana, a la ciudad le falta bastante todavía.

Qué lindo que es estar en Mar del Plata. Siempre. felices y bailando en una pata. En Mar del Plata soy feliz, cantaba Juan y Juan. Me pasa lo mismo. Tendré que volver para ver los alrededores. Dicen que se ha puesto hermoso.

(*) Valeria Schapira es escritora y creadora de #ViajoSola. Instagram y podcast.

Fuente: https://tn.com.ar/sociedad/2021/08/15/mar-del-plata-como-nunca-la-viste/

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